Terapia hortícola y jardinería terapéutica:
Personas y plantas

Ser humano significa estar en constante contacto y comunicación con las plantas.

Las sociedades humanas necesitan plantas, incluso en una era de transformaciones tecnológicas de alta velocidad. Usamos plantas, nos sentamos sobre ellas, las usamos para ir a trabajar, escribimos sobre los restos pulverizados de plantas e ingerimos plantas. Las plantas son el telón de fondo de eventos ceremoniales. Intercambiamos plantas para comunicar condolencias, felicitaciones o cariño.

Las plantas generan el oxígeno necesario para la supervivencia humana y medicinas para la curación.

Sin embargo, en muchas situaciones estas interacciones íntimas con las plantas se han obviado y se han dado por sentado. Es fácil pasar el día sin ser consciente de las contribuciones que las plantas hacen a la vida humana: los significados que añaden, las necesidades que satisfacen, los valores que crean, sus matices y adaptaciones extraordinarias.

Aunque las plantas han comenzado a ampliar su alcance gracias a la conciencia de los consumidores a través de la “sostenibilidad”, también es cierto que la conciencia cotidiana sobre las ecologías vegetales no está muy extendida. Este es especialmente el caso en sociedades altamente urbanizadas e industriales, donde el valor intrínseco de las ecologías de las plantas vivas ha sido históricamente ignorado, o las plantas son vistas como algo que conquistar, domesticar y canalizar para obtener ganancias económicas.

Los científicos y educadores han descrito esta condición contemporánea como “ceguera de las plantas”, una actitud cultural antropocéntrica y centrada en los animales que reconoce lo grande por encima de lo pequeño, lo que se mueve por encima de lo que está quieto, o el animal singular por encima del paisaje biológicamente complejo y diverso.

En general, la cuestión de la ceguera de las plantas tiene un paralelismo psicológico en la formación del yo. Por ejemplo, una especie de “ceguera” es evidente en los juicios que se hacen sobre personas, cosas o experiencias desconocidas basándose en “los sentimientos que las cosas despiertan en nosotros” (James, 1899).  

William James, filósofo y psicólogo estadounidense fundador de la  psicología funcional,  sugirió que desarrollar un concepto estable de uno mismo requiere dar por sentado grandes partes del mundo. Para funcionar en sociedad, las personas filtran la información que parece no ser importante para la tarea personal o profesional en cuestión. En muchos casos estas cosas “sin importancia” pueden ser plantas.  

Los entornos vegetales tienen especial relevancia en la era urbana contemporánea, donde los espacios e infraestructuras humanos densos pueden aislar a los individuos del control de actuar con las plantas, mientras la gente pasa sus días mirando por las ventanas a las calles pavimentadas o mirando los muros y torres de hormigón.

TERAPIA HORTÍCOLA Y JARDINERÍA TERAPÉUTICA

La jardinería y horticultura terapéutica se presenta como una valiosa opción de intervención no farmacológica para mejorar el bienestar de personas que padecen diversas afecciones. Este tipo de terapia utiliza la interacción con la naturaleza y el cuidado de las plantas para promover mejoras en las esferas física, cognitiva, emocional y social de los individuos.

A diferencia de otras terapias no farmacológicas, la jardinería y horticultura terapéutica pone el foco en la interacción con el entorno natural para promover cambios positivos indirectos y  promueve la mejora de la salud mental de forma sutil y orgánica, a través de la interacción con las plantas y el entorno natural. 

La jardinería terapéutica se centra en el acto de cultivar y cuidar las plantas como medio principal de terapia. 

La jardinería y horticultura terapéutica tienen una rica historia que se remonta a los jardines de Babilonia y los jardines de los templos del Antiguo Egipto. Más recientemente, durante el siglo XVIII, los jardines en hospitales psiquiátricos servían como espacios terapéuticos donde los pacientes se dedicaban a actividades de jardinería como parte de su tratamiento. En esta época, los beneficios de la interacción con la naturaleza ya eran reconocidos y aplicados en contextos de salud mental.

En el siglo XIX, la práctica de la jardinería terapéutica ganó mayor popularidad y se extendió a otros contextos como cárceles y escuelas.  En el siglo XX  esta forma de terapia empezó a usarse de manera más sistemática. Los veteranos de guerra y las personas con discapacidades fueron uno de los primeros grupos en beneficiarse de estos programas estructurados de jardinería terapéutica.

En los últimos años, la jardinería y horticultura terapéutica han experimentado un auge gracias a la creciente conciencia sobre la importancia del bienestar mental y emocional, y el deseo de métodos de tratamiento más holísticos, basados en la naturaleza y sin efectos secundarios. Aunque la jardinería y horticultura terapéutica se basan en prácticas ancestrales, su enfoque se ha refinado y adaptado para responder a las necesidades de la sociedad contemporánea.

A continuación veremos algunos de los efectos de la horticultura y jardinería terapéutica: 

DESARROLLO Y EVOLUCIÓN  DEL YO

Si bien está claro que el ascenso del individualismo en las sociedades urbanas e industriales ha desconectado a las personas de su contexto social e histórico, también son evidentes las posibilidades de que surja un yo más relacional y multidimensional.  Por ejemplo, actividades con paisajes vegetales o actividades hortícolas pueden desarrollar los sentidos, la creatividad y la intuición.

Los entornos vegetales generan muchas reacciones, donde las personas se sentirán atraídas por ciertas áreas de un jardín o una determinada planta en función de su experiencia pasada. Es una comunión armoniosa o de conexión con el resto del mundo, en la que  además surgen varias etapas:   

  1. Un impulso de indagación donde las personas pueden preguntarse sobre cómo participar en un espacio.
  2. La siguiente es la etapa de percepción, donde alguien entra en una relación activa con un entorno.  La percepción implica extender la mano y sumergirse en los caracteres sensuales de las cosas, lo que implica una interacción de todos los sentidos. Por ejemplo, las percepciones de los entornos de hormigón y acero probablemente implicarán recuerdos diferentes y conjuntos de posibilidades diferentes a los de los entornos vegetales.
  3. El tercer paso es el de la manipulación y ocurre cuando seleccionamos una elección particular de lo que se considera posible, en función de lo que recordamos y anticipamos. Para actuar, o en el proceso de actuar, normalmente identificaremos alguna parte del entorno con un sentido de nosotros mismos. Por ejemplo, es posible trabajar con plantas como una obligación profesional porque la estabilidad financiera depende de mantenerlas vivas, o trabajar con plantas a través de una lente de conservación ambiental donde un conocimiento previo de la ecología le da a la persona la confianza de que una contribución es que se están haciendo para la preservación de la biodiversidad.
  4. Las personas también pueden llegar a identificar ciertas plantas con algún aspecto de su vida y familia, o podría haber alguna combinación de aspectos en el entorno vegetal que la gente asocie con su identidad. Una condición de privación sensorial limitará en gran medida la capacidad de manipulación de las personas en diferentes contextos, especialmente en personas o grupos que rara vez interactúan con entornos vegetales.
  5. Finalmente, en la etapa de consumación surge una nueva perspectiva, que probablemente llevará a la persona más allá de lo que había considerado anteriormente. Con cada acto existe el potencial de desarrollar una perspectiva más amplia del mundo. 

Lo transformacional es la experiencia sensorial y el proceso social a través del cual las personas aprenden a posicionarse como participantes activos en ecologías más amplias.

La transformación de las comunidades o de las personas requiere cultivar una forma de estar en el mundo (de apego gozoso y encantamiento), además de realizar cambios racionales a través de leyes y políticas. No es tanto que las personas piensen en una nueva forma de actuar, sino que actúan en una nueva forma de pensar. Se trata de una especie de  encantamiento  con objetos de experiencia sensorial que  contiene un cierto tipo de energía emocional o “energía ética” que genera impulso interno y externo. La energía que está presente en los momentos de encantamiento en los rituales de interacción  se transmite colectivamente en recuerdos simbólicos o experiencias sensoriales.

 Se ha demostrado empíricamente que los entornos vegetales son un lugar de “encuentros encantadores” potencialmente transformadores a través de la posibilidad de un compromiso social táctil-sensorial inmersivo en el mundo. 

 La autorrealización es un proceso de transformación que surge en una atención sostenida que se dirige fuera del ego humano y puede ubicarse más apropiadamente en el reino del “no-yo”, que es la relajación del ego completamente despierto e incluye dirigir la atención hacia lo social y ecológico.
 
Los entornos vegetales presentan muchas oportunidades para este tipo de exploración a través de la amplia variedad de posibles interacciones que pueden desarrollarse con las plantas.

 

INTERACCIONES PERSONAS-PLANTAS

El jardinero experimentado sabe que no existe una única manera de interactuar con los jardines. 
La teoría, la investigación y la práctica existentes identifican un amplio espectro de interacciones entre personas y plantas  que pueden incluir diversos grados de permanencia pacífica, inmersión táctil y esfuerzo físico.
No existe necesariamente un tipo de interacción que sea más eficaz que otro. Diferentes tipos de interacciones pueden ser más adecuadas para diferentes entornos o grupos, y pueden ajustarse según la disponibilidad de espacio o recursos.
El espectro de interacciones entre personas y plantas incluye:
  • contacto sensorial con representaciones de entornos vegetales.
  • contacto sensorial con los entornos vegetales reales.
  • caminar, moverse o deambular por entornos vegetales
  • juego o actividades no vegetales en entornos vegetales
  • contar, clasificar y examinar materiales vegetales
  • jardinería de mesa y trabajo con plantas en macetas
  • cavar, labrar, arar o trabajar la tierra
  • elaborar alimentos y productos de origen vegetal
  • plantar, desbrozar, podar o cosechar jardines.

En la era moderna, se ha dicho que los humanos sufren de “fatiga de atención dirigida”, es decir, cuando alguien ha trabajado intensamente en un proyecto y posteriormente se encuentra mentalmente agotado. La restauración humana en entornos vegetales es posible porque los entornos vegetales presentan algo cualitativamente diferente del modo de vida ahora dominante que incluye dispositivos tecnológicos de metal y plástico dentro de entornos de hormigón y acero. Los entornos vegetales se pueden construir para que tengan una riqueza que invite a múltiples formas de participación en una invitación a la vitalidad y complejidad del mundo vegetal, donde alguien que experimenta un efecto restaurador puede decir más tarde que “perdió la noción del tiempo” u “olvidó lo que le preocupaba”.

Los estudios en  demuestran que el contacto con millones de microorganismos del suelo mejora la salud mental y el funcionamiento inmunológico (Lowry et al., 2016), pero además, la experiencia de estar en contacto con el suelo puede ser algo completamente creativo: moldear y dar forma a cómo podemos estar en el mundo. Por ejemplo, una cosa es leer sobre el gusano verde del tomate y otra muy distinta encontrarlo un día mientras riega plantas de tomate.

Los jardines pueden tener áreas diseñadas con una variedad de texturas para tocar: materiales vegetales, tipos de suelo o elementos acuáticos.

La participación práctica en los mundos vegetales puede ser una práctica terapéutica  donde se tenga en cuenta el estado emocional actual del paciente, los antecedentes culturales o la historia personal.

 

INTERACCIONES PERSONAS-PLANTAS Y LA (TRANS)FORMACIÓN DE UNO MISMO

A partir de la investigación y práctica clínica en el campo de la experiencia humana con el  trauma, Bessel van der Kolk (2014) concluye que las huellas del pasado se puede transformar al tener experiencias físicas que contradigan directamente la impotencia, la rabia y el colapso que son parte del trauma” (van der Kolk, 2014).
Parece que las experiencias estéticas,  placenteras, emocionales y prelingüísticas pueden empezar a enseñar al cuerpo y a la mente a habitar nuevas posibilidades lejos de las traumáticas. Precisamente el espectro de interacciones entre personas y plantas ofrece muchos tipos de experiencias nuevas para el cuerpo y la mente.
Al brindar oportunidades para el apego, la reciprocidad, el compromiso emocional, la expresión simbólica, la exploración y las relaciones, las interacciones entre personas y plantas pueden facilitar importantes oportunidades para la transformación del yo o la curación de un trauma.
Los profesionales del campo de la horticultura terapéutica lo saben intuitivamente desde hace mucho tiempo.
La horticultura terapéutica es una excelente manera de explorar las implicaciones de las interacciones entre personas y plantas en uno mismo donde se pueden diseñar interacciones entre personas y plantas para facilitar la (trans)formación social, material, emocional o espiritual del yo, especialmente en el contexto de sociedades industriales urbanizadas.
Aunque las intervenciones de horticultura terapéutica a menudo están diseñadas para “poblaciones especiales” (como jóvenes, pacientes hospitalizados o de salud mental, presidiarios, otras personas con necesidades especiales), el campo revela ideas generales para la formación de personas y comunidades en general. Los espacios donde las personas viven sus vidas están cargados de energías emocionales, que pueden sentirse antes de que sean posibles de articular completamente con palabras. Por ejemplo, esto es evidente en la diferencia entre sentarse en un aula blanca con iluminación fluorescente y sin ventanas y un patio con jardín iluminado por el sol y repleto de colores, olores, sonidos y texturas vívidos. En consecuencia, las interacciones entre personas y plantas llaman la atención sobre el papel de la memoria, la repetición, la experiencia vivida y la estética en la transformación del yo, quizás más que el papel de la toma de decisiones individual calculadora.
 
Cuando las personas realmente confrontan la vida y la muerte de las plantas, pueden enfrentarse a una variedad de emociones y preguntas, a medida que las explicaciones racionales desaparecen momentáneamente.
En las interacciones entre personas y plantas, el yo puede abrirse al experimentar una sensación diferente del tiempo. Esto puede suceder a través de la conciencia de la interdependencia ecológica que se requiere para la vida, el descubrimiento del potencial humano para cuidar y administrar otras formas de vida, el reconocimiento del papel y la responsabilidad de un individuo dentro de una comunidad, o la sabiduría sobre la dinámica entre lo que se puede y lo que no se puede hacer.

Las interacciones entre personas y plantas también hacen que el yo baje a la tierra, a la  cruda realidad.

 
Al participar en un espectro de interacciones entre personas y plantas, el yo existente también está potencialmente más abierto a la reorganización y la transformación, creando nuevas formas de pensar, ser y sanar juntos.
 

SITUANDO LA COGNICIÓN EN LAS ECOLOGÍAS VEGETALES

Las nuevas relaciones, contextos y experiencias ayudan a formar el yo.

El espectro de interacciones entre personas y plantas crea una experiencia muy particular que puede ser temporal, cíclica, dinámica o impredecible, y de alguna manera esto también crea oportunidades para el cambio institucional dentro de una sociedad urbana concreta y producida en masa .
Las interacciones con las plantas permiten a las personas integrarse con los ritmos cíclicos del mundo: plantar una semilla, nutrir la plántula para que crezca,  trasplantar esta pequeña planta al terreno, regar y cuidar diariamente,  ingerir plantas después de una cuidadosa preparación de los alimentos. 
Todas estas experiencias pueden ser una fuente de transformación personal y social. Las plantas responden al cuidado humano y las personas crean una relación de apego al crecimiento de la planta.
Sin embargo, la vida de una planta puede depender de condiciones que escapan al control incluso del jardinero más experto. Esto facilita a las personas a entender sucesos mayores en su vida que escapan a su control y la aceptación de la muerte.
Las plantas demuestran constantemente su naturaleza ecológica a medida que se mueven y cambian con el agua, el suelo, los insectos y el sol, lo que inspira nuevas formas de pensar y estar juntos. Esto sugiere que las transformaciones hacia la actualización del yo o de la comunidad podrían basarse en cogniciones situadas en las interacciones entre personas y plantas.
El jardín ofrece ideas sorprendentes sobre la participación comprometida y compasiva en la sociedad, como la importancia de cuidar las relaciones, compartir la generosidad de una cosecha o llorar juntos las pérdidas.
 

RECORDAR, REPETIR Y TRABAJAR

La horticultura terapéutica, utiliza las interacciones entre personas y plantas como contexto terapéutico o catalizador, muchas veces en combinación con otros tipos de  psicoterapias contemporáneas.
Varios estudios han documentado los tipos de beneficios que las plantas podrían proporcionar a la salud humana.
La horticultura terapéutica tiene intenciones similares a las de la mayoría de las psicoterapias, pero implica la presencia de un paciente, un terapeuta y una planta que están en movimiento hacia un yo más ecológico.
Por ejemplo, el tacto tiene potencial para curar debido a la forma en que expresa una intención, genera un impacto e invita a la reciprocidad. Este toque curativo es especialmente relevante en entornos vegetales donde plantar tiene intención, el cuidado tiene un impacto y la cosecha retribuye. En términos más generales, la mano tiene una tremenda importancia simbólica y funcional para los humanos, ya que “da lugar a nuevos significados, a la concepción de los objetos físicos, a la percepción y al lenguaje” (Miller citado en Leys, 1993).
La mano es un símbolo del compromiso táctil humano con el mundo y una forma de llegar a conocer el mundo. 
 
  • Recordar y repetir La teoría psicoanalítica ha reconocido desde hace mucho tiempo que la represión es una fuerza importante que exige atención en los procesos de curación. La represión implica un tipo particular de olvido y lo que se reprime u olvida está relacionado con un trauma o violencia pasados. Es importante señalar que la negación, la represión y la disociación operan tanto a nivel social como individual. 

 El jardín se convierte en una serie de situaciones que se desarrollan para recordar: tocar la realidad viva del mundo  y conectarse con la vida, la muerte, el crecimiento o el renacimiento tal como han ocurrido en la propia vida pasada.

En su trabajo de terapia hortícola con veteranos de guerra, Joanna Wise (2015) explica que los veteranos de guerra que regresan albergan lesiones “invisibles” relacionadas con el trauma de la experiencia de la guerra que la sociedad en general no reconoce debido a las políticas de la guerra. En consecuencia, sugiere que los programas de terapia hortícola se puedan estructurar para co-crear un espacio seguro para el recuerdo, el duelo y la reconexión.

Esto requiere repetir un nuevo tipo de memoria y experiencia, a través de una participación ritual formativa y repetitiva en las interacciones entre personas y plantas que ayudan a darle vida a un jardín. Labrar la tierra, sembrar, regar  durante los cálidos meses de verano, quitar las malas hierbas,  podar, cosechar y dar forma a las plantas para sanarlas, es un trabajo a largo plazo. 

  • Proceso circular. La transformación del yo  en las interacciones entre personas y plantas no es un proceso lineal donde se evoluciona desde un lienzo en blanco de tierra hasta una comunidad armoniosa y un Edén floreciente. Todo lo contrario, es difícil y controvertido pues la incertidumbre se cierne sobre los posibles resultados. En el proceso de trabajo, la inercia psíquica brota por todas partes basada en una resistencia inconsciente o no intencionada al trabajo. Los futuros humanos están cerrados, el jardín parece incontrolable, las cosas no salen según lo planeado, las malas hierbas rápidamente superan al éxito esperado, el trabajo parece imposible y se ve bloqueado por las resistencias de personas y plantas. Aquí es donde comienza la tarea de trabajar, de iniciar rituales alternativos sugiriendo otras posibilidades, probando algo diferente.

Las interacciones entre personas y plantas ofrecen una situación particularmente única para superar diversos traumas, resistencias e inercias.

Marianne Thorsen González (2013) considera que las actividades hortícolas son más efectivas para tratar la depresión clínica diagnosticada que la medicación o la psicoterapia por sí solas, y realizó dos estudios donde midió los síntomas depresivos de los pacientes antes, durante y después de las actividades hortícolas en un Plan de tratamiento de “cuidado ecológico”. El programa de 12 semanas para pacientes con depresión clínica  incluía un amplio espectro de interacciones entre personas y plantas, como sembrar, germinar, colocar macetas, plantar, hacer compost,  enraizar esquejes de flores o hierbas, observar aves, observar el clima, caminar y recoger flores para elaborar ramos.

En el estudio con pacientes con depresión hubo múltiples formas en que se interrumpió la rumiación depresiva (pensamiento repetitivo depresivo) cuando los pacientes se sumergían en muchos tipos diferentes de actividades, lo que llevó al desarrollo de nuevos rasgos de personalidad y estados emocionales más adaptativos. 

Este tipo de hallazgo no sólo es importante para la curación individual sino que  los entornos vegetales curativos pueden incitar formas de cambio colectivo y nuevos significados en la vida social.

Un jardín diseñado para la acción colectiva y la curación puede hacer posible que el jardinero “descubra su propia firma y autoridad”.

A medida que las personas trabajan juntas para transformar el suelo y cuidar las plantas, pueden llegar a reconocer las “marcas hechas” en la tierra como propias.   

En general, es evidente que las interacciones entre personas y plantas generan situaciones importantes para recordar, elaborar y, en última instancia, transformar uno mismo.
Los espacios de jardín, con abundantes interacciones entre personas y plantas y rituales sociales, pueden co-crearse como espacios que sean lo suficientemente seguros para la exploración y la curación.
En un jardín hay oportunidades para desplazar la atención fuera de uno mismo, hacia un yo ecológico más expansivo.

No siempre existe un equilibrio o armonía perfectos en las interacciones entre personas y plantas, y este es precisamente el tipo de situación que invita a las personas a participar, llamando al grupo a comenzar de nuevo.

Desde nuestro campo de interés, la aromaterapia y la perfumería vibracional y terapéutica observamos que los aromas de resinas, aceites esenciales y extractos CO2, la moléculas aromáticas, las mezclas y sinergias aromaterapéuticas y la aromaterapia holística pueden adaptarse a la jardinería terapéutica a la vez que el aromaterapeuta puede incorporar muchos de sus prácticas a su propia consulta clínica.
 
 
 Referencias bibliográficas
 
Diana M. Benjumea Mejia, John Chilton, Peter Rutherford, Collective urban green revitalisation: Crime control an sustainable behaviours in lower-income neighbourhoods, World Development, 10.1016/j.worlddev.2024.106534177, (106534), (2024).
 
Matthew DelSesto, Therapeutic horticulture and desistance from crime, The Howard Journal of Crime and Justice, 10.1111/hojo.1248861, 4, (444-462), (2022).
 
Marredo Rosa, J. Introducción a la Jardinería y Horticultura Terapéutica – Blog del Creap Valencia – Instituto de Mayores y Servicios Sociales (imserso.es)
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Autor

María C. Ruiz.

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